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Cuando inauguré mi primer local (sin internet) todos los libreros teníamos entonces una difícil tarea: comprar libros…  Ahora todo lo buscas en Google, o la gente te llama para venderte sus bibliotecas, pero hace veinticinco años, las cosas eran mucho más complicadas.

Así que aún recuerdo la emoción de esos primeros años cuando entraba alguien con bolsas. La mirada se me iba en una fracción de segundo a esos bultos, a emocionarme deseando que me vendieran algo. Porque el día que compraba, siempre era un bonito y fascinante día, tesoros nuevos, misterios por resolver.

Una mañana de invierno, allá por 1998, entró una parejita joven en La Galatea con unas mochilas abultadas. “¿Compras libros?”, me dijeron. Y ella (las chicas somos más resueltas) apostilló: “¿pero compras también libros sin escribir?” Y abrieron una de las mochilas: sacaron un jersey, dos novelas, el monedero, una funda de gafas y, por fin… un precioso tomo tamaño folio en media piel y aguas del S. XVIII. “¿Sin escribir?”, pregunté extrañada. “Sí, mira”, me enseñó la chica…

Y, efectivamente, estaba en blanco, unas cuatrocientas páginas en papel de hilo impolutas, ni una sola anotación manuscrita o impresa. Me enamoré a primera vista de ese libro. Os lo juro. Me puse toda nerviosa, ni siquiera sabía si tenía valor, o cuánto era razonable pagarles. Pero me tenía fascinada y me lo quedé, por supuesto. Los chicos se fueron más que contentos porque seguramente consiguieron mucho más dinero (en pesetas) de lo que habían calculado. Ya no me acuerdo la cantidad. En ocasiones, el valor y el precio de los objetos ni se puede cuantificar ni tiene tanta importancia. Además, yo acababa de enamorarme.

Pasé dos días embelesada con mi “libro sin escribir” hasta decidir que lo convertiría en un libro de firmas donde tener memoria de todas las personas que entraran en La Galatea, y así formar, de alguna manera, una pequeña comunidad en torno a los libros antiguos.

Me costó muchísimo estrenarlo. No lo olvidaré nunca; fue algo bastante gracioso. Cada vez que se lo enseñaba a algún cliente o amigo les insistía: “anda, anímate, escribe algo y así lo inauguramos”. Pero nadie quería. Unos por timidez; otros por no significarse en la primera página. Ahí estábamos, mi libro y yo: él sin estrenarse, y yo iniciándome en el difícil arte de ser librera anticuaria.

Pasados unos meses mi amigo Paco Rico vino a visitarme. “Hoy es el día”, pensé. Abrí mi libro y el profesor Rico improvisó con una rapidez pasmosa, un gracioso cuarteto perfectamente rimado: A la tienda de Begoña / o fuente de Galatea / no llegues, gente bisoña / sino di “bendita sea”. A partir de entonces, todo mejoró; incluso algunos decían; “ahh, bueno, si ya ha escrito Francisco Rico, yo también quiero” Y se fueron llenando las páginas…

El libro y yo pasamos todas las fases típicas de los amantes: los primeros años lo guardaba como oro en paño, y no dejaba que cualquiera estampara su firma allí. También al principio, como pasa con todas las pasiones, me deleitaba contemplándolo, lo llevaba de viaje a las Ferias, limpiaba su precioso lomo de piel con ceras especiales cada semana y se lo enseñaba orgullosa a todo el mundo… Luego, el tiempo atemperó mi amor. Hubo incluso una ocasión, allá por el 2011, cuando me cambié de local, que lo metí en una caja y anduvo unos meses medio olvidado en el almacén, hasta que volví a colocarlo en el mostrador, a la izquierda de mi mesa de trabajo.

Los años han pasado, pero sigue siendo precioso. Ya no está perfecto claro: se nota manoseado, el cabezal un poco arrugado, el borde deslucido, algunas páginas pintarrajeadas por las niñas pequeñas de mis amigos, señales de tabaco (de cuando se podía fumar dentro), un montón de frases y firmas de gentes variopintas que forman parte de la historia de la librería, y de mi corazón. Hay poemas, dibujos, bocetos, dedicatorias exquisitas y párrafos con letra ininteligible; hay rayajos en tinta azul, verde, negra, a lápiz… de todo hay en mi libro de firmas, como en la vida.

Antes me preocupaba la idea de que el libro se llenara, así que me ponía tontamente exquisita y sólo lo abría cuando conocía a alguien que me gustaba, con quien me apetecía compartirlo. Por eso ahora, dos décadas después de entrar en mi vida, aún le quedan tres cuartas partes en blanco. Ayer lo repasé para hacerle algunas fotos; qué lindo se ve aún a medio terminar… Y quizás esta sea una razón más para pelear la librería, y que mi libro de firmas siga acogiendo unos cuantos años más a gentes que quieran dejar en él su recuerdo.

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Ismael F. Cabeza
Ismael F. Cabeza
1 mes

Bonita historia, Begoña. El valor de un libro va mucho más allá de su contenido y este es un buen ejemplo. Un libro es texto, sí, pero también recuerdos: cómo nos hicimos con él, dónde estábamos cuando lo leímos, la luz de aquella tarde en la que empezamos a leerlo, nuestras sensaciones al pasar la última página,… Es por eso que no hay ni habrá jamás dos libros iguales.

Ojalá podamos volver pronto a Salamanca, hacerte una visita y contemplar ese magnífico libro a medio escribir.

De parte de Elena e Ismael, un abrazo enorme desde Sevilla.

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