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Casi todos los recuerdos de mi infancia tienen que ver con los libros. Mis padres, lectores entusiastas y eclécticos, ocupando alternativamente el sillón orejero al fondo de nuestro salón. Mi padre, con alguna biografía de Stefan Zweig; mi madre riéndose a carcajadas con las ocurrencias del Torquemada de Galdós. O la mañana aquella fría de invierno, cuando ambos acudieron a una reunión de urgencia en mi colegio (de monjas) para una insólita reprimenda: en clase nos habían pedido que recitáramos un romance popular y yo, sin malicia, me despaché a gusto con aquello de “Y que yo me la llevé al río creyendo que era mozuela pero tenía marido”. Porque en mi casa, bendita sea mi suerte, había una inmensa biblioteca y ninguna censura. En las estanterías alternaban Lorca con Guareschi y Knut Hamsun; igual te topabas con una guía de viajes del famoso cementerio del Père Lachaise en París que con el manual del ceramista que usaba mi madre para moldear sus figuritas de barro. Disfrutábamos de montañas de libros antiguos y modernos, y éramos francamente felices.

Mientras crecía, abandoné Las aventuras de Matonkiki y me zambullí en Zola, Wilde y Bulgakov; pasé de Michel Ende a La conjura de los necios. No estoy muy segura de haber tenido una formación libresca ordenada ni razonable. “Te vas a dejar los ojos leyendo”, decía mi abuela. Descubrí tantísimos universos paralelos: Hemingway, Kundera, Delibes, Capote, García Márquez, Poe… Todo me entusiasmaba y lo devoraba sin mesura. En la adolescencia sufrí – cómo no – de amores despechados, y me junté con varios compañeros que alardeaban de ser escritores. Nos lanzamos a editar artesanalmente unas nefastas hojas volanderas de poesía. Intenté pergeñar algunos endecasílabos pero, ante el fracaso y mi incapacidad manifiesta, seguí leyendo con fruición y empecé Filología Hispánica.

Durante los años de carrera – ¿qué carrera? ¿acaso fue un arduo trabajo leer? – me veo viajando en un destartalado tren nocturno de Alicante a Madrid para rebuscar novelas en Moyano; en ocasiones entraba en librerías y me reconvenía envidiosa: ¿y por qué no monto yo la mía? La idea tenía más de sueño inalcanzable que de proyecto, como quien cree que el siguiente sábado acertará definitivamente esos seis números mágicos y ganará la lotería.

Pero nunca sucedió. Tocarme la Primitiva, digo. Ni que me cayera una librería (además anticuaria) del cielo. Así que me contenté con la opción laboral menos arriesgada: terminé la carrera, empecé el Doctorado, me puse a dar clases y seguí mi pequeña vida rodeada de alumnos y literatura.

En 1995, con solo 65 años, murió mi padre. Ese mazazo terrible y tanta tristeza me sacudió el corazón. Volví a fantasear con una librería. Una librería que mi padre no conocería nunca, o sí… Quién sabe si funcionan los telescopios en el Paraíso de los hombres buenos.

Así que me puse el mundo por montera, pedí un año sabático en la Universidad para recomponerme e inauguré en Salamanca un pequeño local de libros antiguos, descatalogados, raros y curiosos. Sin atender a miedos ni incertidumbres. Con toda la ilusión. El resto es otra historia…

El próximo febrero, si los hados lo permiten, celebraré veinticinco años en La Galatea. Cuando los chicos jóvenes entran en la librería exclaman extasiados: “oh, qué barbaridad, mira, son antiguos, qué bonitos, perdona, ¿la librería es tuya? ¿desde cuándo la tienes?”

“Pues casi veinticinco años, fíjate, cómo ha pasado el tiempo”, pienso. Tal vez las preguntas a contestar serían otras: cómo he sobrevivido, con qué problemas he tropezado, cuánto he necesitado aprender, a dónde he viajado para comprar bibliotecas o qué ejemplares tan increíblemente fantásticos han pasado por mis manos durante más de dos décadas… Que es otra de las peticiones que escucho últimamente: “Pero, ¿por qué no escribes todas esas aventuras del día a día?”

Así que aquí ando, nostálgica entre mis recuerdos. Inaugurando este blog y pensando en mi padre, que tal vez ahora sonríe orgulloso leyendo estas Historias de Galatea.

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Beatriz Muelas
Beatriz Muelas
4 meses

Querida Galatea, o ¿debería decir querida Begoña?
En cualquier caso, a las dos os felicito, por haber sobrevivido 25 años, tan juntas, sin rupturas, sin fisuras y sin ni siquiera enfados entre vosotras.
Igualmente me congratulo de haber sido testigo de esta relación, de la que he participado en la distancia, sin compartir el amor que ambas os profesáis, pero con admiración y cierta envidia.
Os deseo lo mejor para esta nueva etapa que iniciáis y os aseguro que seguiré vigilante.

Beatriz MB

Patricia Santos
Patricia Santos
3 meses

Me emociona mucho conocer la historia detrás de una de las librerías más bonitas que he visitado nunca.
Ojalá pronto podamos celebrar el 25 aniversario como se merece!

Enrique J Gómez Aguilera
Enrique J Gómez Aguilera
3 meses

Querida Bego
¡Parece que fue ayer y han pasado 25 años! Y aunque nos conocemos desde muchos años atrás, ayudar a hacer realidad tu sueño de la Galatea ha sido una de las aventuras más maravillosas. Tantos viajes a Salamanca, la financiación del proyecto, la compra de libros, los paseos buscando el local adecuado, para que finalmente La Galatea abriera sus puertas en una de las plazas más bonitas de la ciudad. Siempre aprendiendo de tu amor por los libros, de revivir sus historias, de capturar su pasado en las manos que los leyeron y acariciaron. Han cambiado muchas cosas y la tecnología ha cambiado su traje, pero la Galatea y su creadora siguen igual de guapas, robustas y valientes. Un beso fuerte de tu siempre amigo Quique.

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